Radio Perspectiva de Clase

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domingo, 22 de mayo de 2011

Las secretarias de Lenin.

(Bandera Roja)


Parece razonable asignar subalternidad a las secretarias, sin temor a ser despectivo ni a desmerecer su tarea. De hecho, aun siendo indispensables, orbitan por definición alrededor de aquel o aquella de quien resultan ser secretarias. Si esa figura a la que asisten es por caso el hombre fuerte de una gran revolución (sin ir más lejos: si es Lenin), el efecto se acrecienta a nivel exponencial.
Existe no obstante un poder en el subalterno, y ese poder, aunque suene paradójico, se debe en parte a su misma subalternidad. Porque el jefe es también, en parte, el que depende; aunque mande y aunque sea Lenin. Y eso vuelve doblemente interesante el diario de sus secretarias, que acaba de reeditarse en la colección de kiosco que Anagrama y Página/12 vienen publicando en conjunto.
Lenin a esta altura ya es un héroe tan cierto como irreversible, pero lo aqueja una enfermedad no menos cierta y no menos irreversible que lo reduce prácticamente a la invalidez. La asistencia de sus secretarias empieza a ser en consecuencia mucho más determinante, se diría que vital. Los impedimentos de la enfermedad le complican en especial el acceso a la palabra: a Lenin le cuesta hablar, a Lenin le es imposible escribir. ¿Qué puede hacer, sin las palabras, el líder de una revolución?
Una de las secretarias, M. A. Volodícheva, recuerda el 6 de febrero de 1924 lo mucho que Lenin prefiere escribir y no dictar. Precisa “ver ante sus ojos el manuscrito” para poder detenerse a reflexionar y de hecho todavía “lo asalta el deseo de tomar el lápiz y escribir o de hacer él mismo las correcciones”. Está claro que no puede, la enfermedad no se lo permite, y por eso se ve en la necesidad de dictar. Las secretarias cobran ahora un protagonismo total. Y en el punto exacto en el que se encuentran y se tocan la voz y la escritura, la palabra dicha y la anotación, el cuerpo que dicta y el oído que atiende, brota un saber fuera de serie que corre en paralelo con el saber de los propios médicos.
El dictado pasa a funcionar poco menos que como una auscultación; las secretarias van midiendo, por medio de las palabras que escuchan y escriben, las mejoras y desmejoras que día a día va presentando Lenin. El 23 de diciembre anota Volodícheva: “Ha dictado rápidamente, pero se sentía que estaba mal. Al final ha preguntado qué día era”. Y el 2 de febrero: “No lo veía desde el 23 de enero. En su aspecto hay un notable mejoramiento: tiene un aire fresco, vivaz. Dicta, como siempre, en una forma excelente: sin detenerse, hallando muy raramente dificultad en la expresión; mejor, no dicta, sino que habla gesticulando”. Y el 4 de febrero: “El ritmo del dictado ha sido más lento que de costumbre (…). Evidentemente se ha cansado”. Y el 7 de febrero: “Tenía la voz cansada, con un tono enfermo”. Y ese mismo día, pero más tarde: “Ha dictado con rapidez y sin fatiga, sin detenerse, gesticulando”. Y la otra secretaria, L. A. Fótieva, el 10 de febrero: “Aspecto cansado, habla con gran dificultad, perdiendo el hilo y equivocando las palabras”.
Hay una prodigiosa intimidad entre Lenin y las secretarias, que no es otra que la del dictado. Ellas aplican, para escribir lo que él dice, la más meticulosa atención a los matices de la voz y al sentido de cada pausa. Lenin, por su parte, les prodiga la mayor de las confianzas, porque debe delegarles esa tarea imperiosa, la de escribir, que ya quisiera llevar a cabo por sí mismo, pero no puede. Entre una cosa y la otra, obtienen estas secretarias esa revelación cotidiana y minuciosa de cómo está el cuerpo de Lenin.
Las páginas del Diario de las secretarias de Lenin registran así la crónica de su enfermedad en los días finales, pero ante todo en las señales imperiosas de la voz y del decir, de la elección de las palabras y la composición de las frases. Lo que dicen no se refiere necesariamente al tema, pero la forma en que lo dicen no está hablando de otra cosa. La ilusión de una recuperación en Lenin o las sombras del peor de los desenlaces asoman o se apagan según dicte mejor o peor. El 17 de enero, Volodícheva anota que se irritaba cuando en mitad de una frase se veía interrumpido, porque perdía sin remedio el hilo de su pensamiento. El 5 de febrero, el diario registra una interrupción. Pero nadie ha interrumpido a Lenin, es él el que se interrumpió. Y después de una pausa dice: “Hoy hay algo en mí que no va” (lo dice, no lo dicta; pero la secretaria lo anota). El 7 de febrero Lenin vuelve a mover la mano y “comienza a creer que podrá recobrar el uso”, lo que en este contexto no significa otra cosa que escribir. Pero el 5 de marzo, según registra Volodícheva, intenta dictar dos cartas y apenas si puede.
Claro que nunca van a tener tanta importancia estas secretarias como cuando, haciendo honor a la etimología de su designación castellana, se convierten en depositarias de un secreto. El 24 de diciembre da Lenin esa orden: “Ha querido que todo lo que él dicta sea considerado categóricamente secreto”. La escritura secreta de Lenin quedará archivada en sobres que expresamente indican que sólo se podrán abrir después de que el líder haya muerto. Pero como esa escritura no es escritura, sino dictado, y para que sea escritura precisa de las secretarias, ellas van a formar parte del secreto de ahí en más.
El día 6 de marzo, Lenin remite una carta dirigida a Stalin. En ella le reprocha haber maltratado por teléfono a su esposa, le exige que se retracte y que se excuse, le advierte que está dispuesto a romper relaciones con él si no lo hace. La Unión Soviética no conocerá esta carta secreta sino muchos años después; pero su secretaria la conoce ese mismo día, la oye para ponerla en el papel. Stalin la recibe y dicta, a su vez, una respuesta. Volodícheva registra: “La carta no ha sido entregada todavía a Vladímir Ilich porque él ha empeorado”.
Con esa frase concluye el diario.