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jueves, 10 de diciembre de 2009

No habrá futuro sin equidad

(Cubarte)
Ismael Clark Arxer
La Comisión Mundial del Medio Ambiente y el Desarrollo fue establecida por Naciones Unidas hace poco más de veinte años. En su muy difundido informe publicado en 1988, bajo el título “Nuestro Futuro Común", introdujo definitivamente en el lenguaje internacional el término de desarrollo sostenible (o sustentable, según la traducción que se prefiera del ingles “sustainable”) y lo resumió como la síntesis de tres objetivos: crecimiento económico, equidad social y conservación ambiental. Ninguno de estos objetivos, afirmaba el informe, puede ser alcanzado sin avances simultáneos e interrelacionados con los otros dos. En uno de sus párrafos más conceptuales, el que fuera denominado Informe Bruntland, en atención a la destacada política noruega que la encabezó, precisaba con toda claridad que la satisfacción de las necesidades esenciales exige no sólo una nueva era de crecimiento económico para las naciones donde los pobres constituyen la mayoría, sino la garantía de que estos pobres recibirán la parte que les corresponde de los recursos necesarios para su crecimiento.

No obstante lo anterior, fue otra la formulación que pronto ganó sello emblemático por su atractiva simplicidad y es la que caracteriza al desarrollo sostenible como la capacidad de los individuos para satisfacer sus necesidades presentes sin comprometer la base de recursos para que las generaciones futuras puedan satisfacer las suyas. De esta sintética expresión desapareció, como salta a la vista, la dimensión de la equidad social, y no pienso que la omisión haya sido en nada casual. Se asume el reconocimiento a la equidad intergeneracional, pero a cambio se intenta escamotear lo que tiene que ver con la necesaria y éticamente exigible equidad intrageneracional.

De acuerdo con una de las acepciones admitidas por la Academia de la Lengua, el término equidad alude a “la justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva”, la que se promulga dentro de un orden social determinado. En un plano más subjetivo, otra acepción la identifica con cierta elocuencia como “la disposición de ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece”.

El expresado concepto está muy estrechamente ligado al de igualdad, el cual, de acuerdo con la propia Academia, es “el principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos.” Sin duda alguna, se trata de conceptos diferentes, en la medida en que el concepto de equidad introduce un principio ético o de justicia en la igualdad. De hecho, es el ideal de equidad el que nos lleva a proponernos objetivos que logren transformar la sociedad humana para hacerla más justa. Se ha apuntado con razón que una sociedad que aplique la igualdad de manera absoluta será una sociedad injusta, ya que no tiene en cuenta las diferencias existentes entre personas y grupos. Pero, del mismo modo, una sociedad donde las personas no se reconozcan como iguales tampoco podrá ser justa.

Al momento presente, es ineludible abordar la cuestión de la equidad al plantear la cuestión del desarrollo y del futuro, a la luz de las flagrantes y crecientes desigualdades en el acceso de los países y de las personas al uso y disfrute de recursos que son, en esencia, colectivos.

El profesor colombiano Isaías Tobasura ha abordado en profundidad el tema del desarrollo sustentable y la equidad. Ante todo, él ha subrayado cómo se ha querido entender el desarrollo meramente en términos de incremento del Producto Interno Bruto (PIB) y del ingreso nacional per capita. Sobre esa arbitraria base, el Banco Mundial ha establecido toda una estratificación de los países en aquéllos de ingresos altos, medios y bajos. No hay espacio en esa clasificación para nada que tenga que ver con la calidad de vida y el bienestar de las personas.

Sin embargo, el problema del desarrollo sustentable, o dicho de otra manera, de la sustentabilidad del desarrollo, tiene mucho que ver con la mencionada cuestión de la equidad intra-generacional e inter-generacional, en la apropiación de los recursos y en el logro de los beneficios derivados de la utilización de esos recursos, en la producción de bienestar. Me parece inadmisible a todas luces que se pretenda de manera encubierta sacrificar a una parte de las generaciones de hoy en aras de las criaturas del mañana. La pobreza en el mundo no es sólo una cuestión de justicia social sino de inviabilidad para la sociedad.

Las cifras actuales ilustran todo tipo de inequidades, en especial las que evidencian que son los más ricos los más responsables del agotamiento de los recursos y del deterioro ambiental. Los ciudadanos de los países industrializados consumen por persona 12 veces más energía y 100 veces más agua que los de los países pobres; los primeros generan 17 veces más residuos sólidos municipales por persona que los segundos. Los países de la Organización para la Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE) representan un 15% de la población mundial pero dan origen al 77% de los residuos industriales peligrosos.

No son pocas las personas ilustradas que han percibido y denunciado estos problemas. En un artículo del año 2002 que tituló La Ciencia y la Transición a la Sostenibilidad, la que fuera presidenta del Consejo Internacional para la Ciencia, Jane Lubchenko, anunciaba la emergencia de una nueva ciencia de la sostenibilidad, llamada a combinar los esfuerzos de las ciencias naturales, sociales y económicas en el interés de promover patrones sostenibles de desarrollo. En esa ocasión, la distinguida científica norteamericana llamaba también la atención sobre la creciente conciencia de los aspectos morales y éticos vinculados a la sostenibilidad.

Por su parte, el reputado economista y también norteamericano Joseph Stiglitz, expresaba durante un evento celebrado hace pocos años su rotundo rechazo al orden de cosas prevaleciente en los últimos lustros. Al decir del laureado con el premio Nobel de Economía del año 2001: las instituciones y políticas que han gobernado la globalización debieran ser reformadas, en la medida en que éstas “si bien pueden haber servido a los intereses de las los países industriales avanzados, o al menos a ciertos intereses especiales dentro de esos países, no han servido bien a los intereses del mundo en desarrollo, y en especial a los pobres dentro de esos países. Para el notable profesor e investigador la globalización, en suma, debería extenderse no sólo a lo económico, sino a las visiones sobre justicia social y solidaridad.

En otro comentario mucho más reciente, y siempre dentro de la misma línea ética, el propio Stiglitz ha denunciado con singular acierto lo que él ha calificado como “fetichismo del PIB”. En su parecer, que modestamente compartimos, si tomamos malas decisiones, lo que intentamos hacer (digamos, aumentar el PIB) en realidad puede contribuir a empeorar los niveles de vida. También podemos, sigue afirmando, enfrentarnos a falsas opciones y ver compensaciones entre producción y protección ambiental que en realidad no existen.

En ese mismo artículo publicado este propio año 2009, el analista pone de manifiesto su contrariedad al constatar que otro rasgo pronunciado en la mayoría de las sociedades es el incremento de la desigualdad. Esto significa que existe una creciente disparidad entre el ingreso promedio y el ingreso “mediano” es decir, el de la persona “típica” cuyo ingreso se ubica en el medio del gran abanico de distribución de los ingresos.

Stiglitz ilustra su punto con un sencillo ejemplo: si unos pocos banqueros se vuelven mucho más ricos, el ingreso “medio” puede subir, a pesar de que los ingresos de la mayoría de la gente estén decayendo. La conclusión que extrae es inequívoca: las estadísticas sobre el PIB per capita no necesariamente reflejan lo que realmente le sucede a la mayoría de los ciudadanos. El economista aboga porque la reforma de los indicadores internacionales de desarrollo reclamada por el presidente francés Sarkozy sirva de manera efectiva al propósito de conformar un conjunto más amplio de indicadores capaces de reflejar “tanto el bienestar como la sustentabilidad”.

El mismo tema ha sido abordado a partir de consideraciones ético –filosóficas por el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de la Academias de Ciencias Pontificia. En un artículo que tituló La Justicia en Potencia, el filósofo Sorondo comienza recordando una elocuente declaración del Pontífice Juan Pablo II en el sentido de que “la Paz no sólo nace de la eliminación de los teatros de la guerra (…) La paz nace de la justicia”. Para el académico vaticano, las promesas incumplidas, que minan la confianza de los pueblos pobres del mundo en los compromisos sobre los que se fundamentan todos los intercambios, contratos y acuerdos, son una forma de injusticia internacional presente en el mundo de hoy. En su concepto, fueron estos negativos antecedentes los que compulsaron al hoy Primer Ministro británico Gordon Brown, cuando se desempeñaba como Ministro de Finanzas, a declarar que si las cosas siguen como hasta ahora, ‘la lucha contra la pobreza está a cien años de cumplir sus objetivos y promesas’ y que ‘los países más ricos del mundo no pueden continuar estableciendo objetivos para incumplirlos sistemáticamente y esperar que los países más pobres continúen calmadamente confiando en ellos.

De manera contundente, el ilustrado clérigo nos recuerda una arista del pensamiento teológico de Tomás de Aquino a menudo pasada por alto. Sorondo reafirma como bien conocido el planteamiento de Santo Tomás acerca de que “en casos de necesidad todas las cosas son de propiedad común’, lo que en su opinión resume la tradición cristiana y la conduce. Los bienes de la tierra, incluyendo aquellos que están en manos privadas, tienen un destino original y universal que es el de servir a todos los hombres.

Desde otro ángulo, el historiador británico Eric Hobsbawm ha llamado la atención sobre el hecho (que explicaría el “olvido” del tema de la equidad en los análisis sobre sostenibilidad) de que en la década de los años 90 del pasado siglo, los acontecimientos políticos a escala mundial condujeron a un abandono de los ideales del socialismo para dar paso a lo que él denomina “fundamentalismo anglo-norteamericano del libre mercado”. A su juicio, este último paradigma arribó a su quiebra definitiva en el pasado año 2008. En una reciente conferencia ante el denominado Foro Político Mundial el citado autor constata, no sin cierta amargura, que “tanto la política occidental del neoliberalismo como las políticas postcomunistas que ella inspiró, subordinaron intencionalmente el bienestar y la justicia a la tiranía del PIB: el mayor crecimiento económico posible, deliberadamente inequitativo.

Al proceder de esa manera, sigue exponiendo el autor, estos países minaron- y hasta destruyeron- los sistemas de asistencia social, de bienestar, los valores y las finalidades de los servicios públicos. Me parece de especial relevancia la esclarecedora observación que Hobsbawm extrae de esas tristes experiencias: “El objetivo de una economía no es un fin, sino un medio para dar vida a las sociedades buenas, humanas y justas”.

La pregunta sería, a fin de cuentas, si es posible armonizar economía y sostenibilidad, y qué pueden aportar a ello el progreso científico y sus aplicaciones.

Una respuesta al menos inicial a esta pregunta podemos encontrarla en el trabajo publicado en este año 2009 por el controversial economista y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, Jeffrey Sachs, bajo el título “Ecomomía y justicia: la transición hacia la sostenibilidad”. En él da por sentado que la actual crisis económica mundial no habrá de resolverse, como muchos proclaman, en un breve plazo sino que habrá de acompañarnos durante al menos toda una generación. Ello será así, afirma, en la medida que la actual crisis es en realidad una transición hacia la sostenibilidad.

A la desestabilización de la economía que condujera a la crisis han contribuido, en su opinión, el agotamiento y escasez progresivos de materias primas y los efectos adversos causados por el cambio climático. La política esencial que propone como respuesta para superar la actual situación es la construcción de infraestructuras que él denomina propias del siglo XXI: Entre estas identifica una red eléctrica eficiente alimentada por energía renovable, sistemas de agua, riego y alcantarillado que utilicen y reciclen eficientemente el agua potable y redes de zonas naturales protegidas que conserven la biodiversidad y los habitats de las especies protegidas. El alto componente científico-técnico de estas y otras iniciativas semejantes salta a la vista.

Más allá de la pertinencia económica de estas propuestas, que Sachs argumenta en el propio artículo, prefiero retener de sus reflexiones, como colofón de este comentario, la ineludible contribución que deberán hacer los países ricos en materia de ayuda a los países pobres para una efectiva transición a la sostenibilidad. Eludir esa obligación moral como se viene haciendo hasta ahora es, en sus palabras, una receta para un fracaso e incluso para un futuro conflicto mundial. La ciencia y la tecnología deberán realizar su aporte, probablemente decisivo, pero sólo si se parte de decisiones políticas sensatas y justas. Los hechos y la razón demuestran que no podrá haber futuro sin equidad.

Rockultural...El verdadero problema de nuestra humanidad es la falta de equidad. La igualdad de posibilidades es verdadera solución a todos los problemas que subyacen en nuestras sociedades. De nada sirven las soluciones mágicas, ni las represivas, solo con equidad lograremos la superación.